18/7/012 Sarah Gelb-Tel Aviv

 

18/7/012

Yo, Sarah Gelb, otorgo afectuosamente a mis amigos de www.antropologianutrición.org- Productora Lion YSS todos los derechos de la primera parte del libro Virus, inundaciones, amaneceres. Editorial Nema-Sarha Gelb. Tel Aviv. 17 de Julio 2012.


EL VIRUS

DE LA HISTERIA DE NUTRICIÓN

LOS ACONTECIMIENTOS SON FICTICIOS AL IGUAL QUE SUS PERSONAJES.

Escrito en la fría noche de TEL AVIV
2009

POR SARAH GELB
CON AMOR PARA TI MI AMADO

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Santiago Parral bajaba del avión a las 1300 hs del lunes 5 mayo proveniente de Francia. El aeropuerto se desbordaba de personas que querían viajaban al exterior

Parado en el centro del hall del aeropuerto las veía, desesperadas tratando de conseguir un boleto de ida a donde fuere. Dos hombres e negro se acercaron a él y se presentaron como agentes de investigación nacional. El auto mercedes Benz oscuro, con vidrios ahumados los esperaba. Se dirigieron hacia el este. Santiago ni siquiera tino a mirar en dirección a Montevideo. El automóvil llego a una estancia en Canelones a 30 kilómetros de la capital camuflada entre los eucaliptus, carpas militares y los pocos tanques y helicópteros del interior del país con los que contaban.

Al bajar, el jefe del departamento de investigaron y el comandante del ejercito nacional le daban la bienvenida.
El interrogatorio comenzó amable. Luego de las preguntas de rutina la conversación se torno hostil, cuando sobre la mesa de aluminio cayó un diario estudiantil que había sido encontrado en una de las carteras de las estudiantes. En la portaba del diario se veía la imagen de una mujer mayor, canosa, destrozando una computadora con una silla. Santiago lo conocía, él lo había escrito hacia ya veinte años atrás. El titulo de ese ejemplar era “la nutrición causa histeria”. Santiago trato de explicarles que no tenia anda que ver con las estudiantes asesinas, que ni siquiera las conocía, pero su defensa no fue tomada con credibilidad y no tuvo otra opción que colaborar en todo en lo que se lo requiriera.

Al salir de la estancia se dirigió a la casa de Marcelo Zapatos como le ordeno el jefe de inteligencia y el comandante, ubicada también a las afueras de la ciudad.

Marcelo lo recibió arqueando las cejas, el abrazo fue de eterno placer y de un beso en la frente por parte de Santiago. Marcelo no estaba informado sobre las causantes iniciales del virus, y tampoco conocía a las estudiantes. Santiago comprobó lo que pensaba. Las autoridades estaban confundidas. Era un error. El virus había sido causado accidentalmente.

Por la mañana Santiago desayunaba junto a Marcelo y su hermosa familia. Las líneas de teléfono y celular habían estado desconectadas desde el primer día. El celular de Marcelo sonó. Corrió a su habitación, era Leticia, su compañera de carrera y miembra de directiva. Marcelo quedaba atónito con la boca abierta al escuchar a Leticia decirle que se encontraba en el hospital de clínicas desde hacia dos días.

En pleno caos y ataques de histéricos virosos había perdido su celular. Marcelo era el contacto telefónico que la compañía le otorgaba para llamadas gratis infinitas. Ella no había sido atacada a pesar que sabían de su presencia. Sin embargo la multitud de estos en todo el hospital la estremecía como para tener la idea loca de salir. La comunicación se corto. Marcelo trato de llamarla y la contestadota automática decía “al celular que esta llamando se encuentra apagado o fuera de cobertura. El celular de Marcelo vuelve a sonar y esta vez contesta ansioso.
“Señor Zapatos, escuchamos su conversación, les pedimos a usted y al señor Parral que se dirijan a la estancia de investigación nacional”.

Al llegar observaron un movimiento intenso en toda la estancia. Les comunicaron que partirían vía aérea a media noche. El general se negó rotundamente, no pondría en riesgo la vida de dos civiles. Santiago extorsiono al jefe de inteligencia tomando toda la responsabilidad por no colaborar si se lo requería. El comandante lo amenazó con llevarlo ante la justicia. Santiago le digo que no tenía nada que perder.

A las 2300 hs Partieron con los únicos helicópteros con los que contaban. Al llegar a la zona del hospital un helicóptero se separó del resto dirigiéndose a la azotea del mismo, mientras los otros 4 hacían de teros a 500 metros del hospital. Dos fueron derrivados por la armada de virosos, los otros se mantenían en el aire mientras el quinto aterrizaba en la azotea.

Santiago, Marcelo, y cuatro soldados bajaron con cascos-linternas, y todos armados. Se dirigieron a la escalera de caracol, al llegar al piso 15 dos soldados apagaron sus luces. Los otros dos se detuvieron, los iluminaron, y sonaron los disparos. Santiago y Marcelo apagaron sus luces y corrieron. Los soldados virosos prendieron nuevamente sus luces pero ya no estaban para apuntarles, aún recordaban el lugar. Llegaron a la puerta de la escuela y comenzaron a gritarle a Leticia. La puerta se abrió y una mano los chupo a los dos. A santiago se le vino todo a la cabeza. Leticia había sido su amor en toda la carrera, y sin que ella nunca lo supiera, su partida a Francia había sido en parte por ella. Ahora su adrenalina fluía como adolescente en primavera.

Luego del golpe de haber visto a Leticia, escuchó a Marcelo, que se quejaba del olor. Leticia los llevo al laboratorio que hacia 15 días se había inaugurado. Las cuatro estudiantes yacían en el piso, en pleno estado de descomposición. Santiago comenzó a vomitar, y Marcelo salio del laboratorio lo más rápido que pudo con Leticia. Ella ni siquiera se había tenido el coraje de tirar los cuerpos por el balcón y prefirió oler a los cuerpos pudriéndose minuto a minuto antes de tocar a uno de ellos. Los llevó hacia el departamento de alimentos, donde se desprendía el mismo olor. Las cuatro docentes asesinadas por las estudiantes a golpes de caño de tubería yacían también en el suelo. Santiago y Marcelo taparon sus fosas nasales y sus bocas y tiraron los cuerpos desde el balcón de la cantina de nutrición.

Santiago fue el primero en despertarse. El ruido de la ciudad le hacia pensar que había sido una pesadilla. Pero inmediatamente veía a su lado y se encontraba a Leticia y Marcelo. Se asomó por la ventana del piso 13. La ciudad estaba en pleno movimiento, las calles ya estaban limpias de cuerpos y prácticamente los destrozos ya no existían, las personas caminaban en forma habitual, los ómnibus y taxis estaban llenos, y las camionetas escolares repletas. Al mirar hacia la derecha observó una tanda de camiones, escavadotas, tractores, obreros, y personas que observaban vestidas de traje como si fueran arquitectos. Al mirar a la izquierda ceca del parque Batlle, se poda ver como pintaban la fachada de un restaurante. Dentro del parque las personas paseaban a sus perros.

Al comenzar la tarde Golpearon la puerta. Santiago se asomo por la rendija de la cerradura. A dos metros de la puerta se encontraba inmóvil uno de los virosos. Tenía la piel pálida, ojos rojos, pelo canoso, y los dientes relucidamente blancos. Comenzó a gritar, pero no se acercaba a la puerta. Pronto se sumo uno mas, y luego otro, hasta llegar a diez los virosos enfurecidos frente a la puerta de la escuela sin atravesarla. Leticia les pregunto que querían, por que están haciendo todo eso. Los virosos respondieron que ellos tres eran inmunes, y que merecían morir.

Santiago admiraba a Leticia mientras ella comía los sándwiches en una de las mesas de la cantina. Pensaba que no había cambiado en nada, aún tenia esa vergüenza en su mirada, las mejillas rojizas, todavía comía de forma lenta como esperando que se lo prohibieran. Leticia poco lo miraba, no le daba esa chance.

Despertaron, ya era el cuarto día en el hospital, El agua había sido cortada. Solo contaban con medio bidón de la cantina. El día anterior Marcelo había sugerido ir por agua a uno de los otros pisos, pero santiago y Leticia no estuvieron de acuerdo. Sin poder ni siquiera lavarse la cara ni los dientes, los 3 se reunieron en una de las mesas. Las hipótesis eran varias y todas sin sentido. Las conexiones no existían, pero los virosos estaban, al igual que el diario de Santiago. Media ciudad contaminada, la otra mitad inmune, prácticamente muerta, salvo por los que pudieron escapar.

Marcelo, sin poder dormir, fue el primero en asomarse a la ventana, “santiago, ¡están muertos! Si, mira, están muertos”, y se escucharon las sirenas provenientes desde el este. El jefe de investigación nacional bajaba de su limusina. La ciudad estaba limpia, pero cambiada.

El nuevo censo tras las los decesos de los todos los virosos y de las personas asesinadas desató que ningún habitante era obeso ni estaba en sobrepeso.

Santiago se colocaba su saco antes de partir hacia el aeropuerto, y antes de apagar el televisor una nutricionista grado 5, canosa, casi anoréxica y con dedos nerviosos decía “sí, tenemos que prevenir el sobrepeso y la obesidad a través de los correctos hábitos alimentarios, no sea cosa que nos volvamos nuevamente unos virosos histéricos”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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